sábado, 13 de junio de 2009

MON

Ya era de noche, los días se hacían más cortos con la llegada del otoño y Mon sentía que algo le oprimía el alma. Se había criado en el seno de una familia humilde, acostumbrada a pasar necesidades como el que más, él siempre decía que por no tener, no tenía ni nombre completo.
Le habían puesto Simón, seguramente a alguien de su familia le pareció que era un nombre demasiado serio para un pobre y de ahí que todos lo conociesen como Mon. Había superado una infancia llena de carencias afectivas y Mon salió herido sólo que él no lo sabía, se forjó un mundo muy a su medida. Mon no sabía nada, como el decía no entendía de nada pero conservaba una visión muy particular de la vida y pensaba que la suya era hermosa. No tenía bienes materiales, pero no los necesitaba, como nunca los había tenido no los echaba de menos. Podía disfrutar de todo lo que la vida le daba, gozaba de todo, del cielo, de los árboles, de la lluvia del sol. Todo para él era un regalo. Hasta aquella noche.
No sabía el por qué de aquella opresión, pensó… ¿Cómo se distingue el infarto de una pena? Mon se sentía seco, pero seco desde dentro y… ese sentimiento iba tomando forma a medida que pasaban los días. ¡Algo inquietaba a Mon¡ Se volvió taciturno, triste, solitario. Vagaba por la tierra siendo espectador de la vida de los demás, incapaz de tomar el protagonismo de su propia vida. Pasaron días, meses…y Mon no mejoraba, seguía mirando alrededor y veía los cambios que se producían, pero no iban con él. Se sentía diseccionado del mundo. Se sentía…Mon no sabía como se sentía pero esa sensación no le gustaba nada y lo que es peor, estaba durando demasiado. Dispuesto a tomar cartas en el asunto para mejorar su situación examinó uno a uno todos sus anhelos y vio que se habían cumplido, entonces… ¿A qué tanta amargura?
Y en aquél preciso momento sintió una punzada muy fuerte en su interior. ¡Se había olvidado de amar¡
Había vivido absorto durante mucho tiempo y ahora era demasiado tarde, la había dejado marchar, creía que estaría eternamente y la fue abandonado poco a poco, sin darse cuenta, en silencio hasta que ella no pudo más y se fue...para siempre. A Mon se le congelaron entonces muchos sentimientos y se percató de que se había acostumbrado a su presencia, a sus cuidados, a sus comidas, a su amor.... Sintió la necesidad de un abrazo, de su abrazo, tierno, suave, fuerte....vio su desolación, se agarró a un árbol y lloró.
Para cuando Mon dejó de llorar se había hecho de día y se encontraba agotado, cayó rendido de sueño, de agotamiento, de dolor. Al despertar notó una paz infinita, se percató por primera vez de algo importante, el pasado había huido, lo que esperaba estaba ausente, pero, el futuro era suyo y quizá....Mon sonrió entonces con una sonrisa llena de esperanza.

Dolores Martínez García